Meses y meses después...

¡Hola a todos! Sí, estoy aquí de nuevo, y espero poder quedarme durante un tiempo. Sentarme delante de mi ordenador a escribir esto me está costando un poco (no solo porque ya no ubique tan bien las teclas), y es que últimamente no tengo esa facilidad para expresarme de la que tan orgullosa estaba. Mi mente sigue un poco... nublada. Han sido muchos meses de desconexión y ahora me cuesta arrancar, pero estoy calentando motores. I promise.

Esta desaparición ha tenido una causa y ahora quiero hablar de ello y compartirlo con todos vosotros, contaros mi experiencia y, si pudiera ser de ayuda aunque sea a una sola persona, estaría más que satisfecha.



Todo esto viene de largo. Hace más de un año tuve mi primer ataque de ansiedad. Siempre he sido una persona con rasgos ansiosos, pero nunca había llegado a ese extremo. Y lo malo no fue el momento en sí: fue todo lo que vino detrás. Yo era una bomba a punto de explotar y ni lo sabía, mi cuerpo y mi mente no podían más y decidieron darme un aviso (o eso dice mi psicólogo). En aquel momento, pensé que eso era todo, un día más de mi vida, distinto a los demás, sí, pero cosas que pasan. Recuerdo que ni me planteé qué me estaba ocurriendo, lo tenía claro: mucha presión en la carrera con los exámenes y ya está.

Y, sin embargo, algo cambió dentro de mí. Yo siempre he sido una persona muy alegre, la bromista del grupo, la que se reía con nada. Mi primavera habitual dio paso a un otoño cada vez más frío, cada vez más largo, cada vez más oscuro... poco a poco, sin darme cuenta, entré en una espiral de la que me costaría mucho salir. Así fueron pasando los días y los meses. Todos a mi alrededor se daban cuenta, y todos callaban. Os rescato un fragmento de algo que escribí por aquel entonces:

Hay algo que me come por dentro y después de tanto tiempo necesito sacarlo. Aligerar mi carga. Aliviar este peso.

No puedo negarlo más. No puedo fingir que son días malos, porque nadie tiene tantos días malos porque sí. Uno detrás de otro. Sumergirte en un bucle de rutina agotadora del que no puedes salir. Levantarte y ver el día gris. Nada que te motive. Un robot.

Muchos sabréis lo que es. Y sabréis lo que es que nadie le de importancia.

Me encierro y paso horas llorando sin motivo aparente. No tengo ni fuerzas ni ganas para hacer lo que antes me gustaba. Me cuesta dormir. Me cuesta concentrarme. Me cuesta vivir y no sé siquiera de dónde saco el impulso para seguir adelante. Hay días que solo quiero cerrar los ojos y desaparecer. Hay días que solo necesito un rato sin mí. 

Y me pregunto... Me pregunto si acabará algún día. 

Ahora, al leerlo, se me encoge el corazón. El recordar cómo estaba hace que se me pongan los pelos de punta. La cosa siguió así: a finales de verano, yo ya no podía con nada. Era un ser inerte. Me limitaba a levantarme tardísimo, comer, tirarme en la cama a mirar el techo, dormir. Día tras día. Había cosas que interrumpían esa rutina y me daban pequeños impulsos: las vacaciones con mi familia, un día de compras. Pero luego volvía a ese estado anterior. No había nada que me mantuviera a flote permanentemente.

A principios del curso, decidí ir al psicólogo. "Mejor tarde que nunca", me dijo mi madre. "Pero tienes que ir ya. Esto no puede seguir así, Marina. Si no vas tú, te llevo yo". Y la que me dio el último empujón fue Clara Cortés, a la que no sé ni cómo agradecerle las palabras y el tiempo que me dedicó. Esto fue lo que le escribí:


Recuerdo que pasé la primera sesión entera llorando, y de cada una de las demás salía con un dolor de cabeza tremendo de intentar llegar al fondo de todo esto. Así, fueron pasando los meses. Y así, un día, me di cuenta de que empezaba a ser yo de nuevo. Puede que no la Marina de antes, es cierto, y puede que nunca llegue a serlo, pero tampoco quiero quedarme anclada en el pasado. Todas las situaciones que he atravesado son las que me han hecho ser quien soy y estar donde estoy en este momento. Si ahora mismo detuviera el reloj (22.41h, 12 de abril de 2019) y volviera la vista atrás, solo podría ver el largo camino de espinas por el que he avanzado y en el que he ido dejando mi carga poco a poco, y el que me queda por recorrer, con un equipaje mucho más liviano, donde ya no hay nubes negras sino que el sol empieza a dejarse ver entre ellas, cada vez brillando con más fuerza. Es cierto que ha habido situaciones en estos meses que me han hecho volver a caer, pero tenía algo muy poderoso y muy importante que me enseñó mi psicólogo: saber cómo afrontarlo.

Tampoco quiero alargar esto mucho más. Solo quiero deciros que si alguna vez os sentís así, si veis que no podéis más, que no esperéis tanto tiempo como yo para pedir ayuda. Porque puede que se pase solo con el tiempo, no os lo voy a negar. Pero puede que os hundáis y entonces será mucho más difícil volver arriba, como me pasó a mí. Y si alguna vez necesitáis hablar con alguien, desahogaros, o lo que sea, siempre podréis contar conmigo. Porque no molestáis. Porque ese "simple" paso de contárselo a alguien hace que hayáis iniciado el camino que os puede devolver a la vida. Yo siempre estaré dispuesta a acompañaros en él.

Espero de corazón que nos sigamos leyendo por aquí.


Comentarios

  1. ¡Mucho ánimo, Marina! Yo no creo haber llegado a estos extremos pero es verdad que me he estado sintiendo sin ganas de nada un par de meses y llevo todo el curso con altibajos, pero imagino que será más que nada por el curso que está siendo una mierda, pero bueno, ya estoy acabando y seré libre^^

    Espero verte por aquí y que todo vaya mejorando de manera progresiva :)

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